Si bien Aristóteles afirma que su
Ética nicomaquea, por no tener un fin
teórico sino práctico, no tiene por objetivo determinar la naturaleza de la
virtud sino «el medio que debemos emplear para ser virtuosos» (II, 2) un poco
más adelante hace explícito que considerará cuál es su naturaleza (II, 5). Quizá
se pueda salvar esta contradicción diciendo que Aristóteles postula, pero no
prueba, que en el alma hay solo pasiones, capacidades y disposiciones para
afirmar luego que la virtud es una disposición capaz de hacer del hombre un ser
bueno, honesto y feliz. Mientras que las pasiones son todo lo que «va
acompañado de placer o dolor» (II, 5) y las capacidades son aquello que nos
hace propensos a experimentar pasiones en virtud de las cuales sentimos placer
o dolor, las disposiciones son las que nos «sitúan en una posición feliz o
desgraciada», en relación a la parte irracional del alma, y de esta naturaleza es la virtud (II,5). Esta disposición, que es
la virtud, no es innata sino que se adquiere mediante la práctica en la cual es
indispensable una elección consciente y voluntaria[1]
que tiene como meta la consecución de un equilibrio entre un exceso y un
defecto en las pasiones y en las acciones humanas — «que son las que connotan
exceso, defecto o justo medio»— para alcanzar la felicidad, la cual es una
posibilidad exclusiva del ser racional.
Tenemos entonces que la virtud es
una disposición del alma adquirida,
que opera sobre nuestras pasiones e
implica el conocimiento de nuestras capacidades,
orientando de forma racional, voluntaria y consciente nuestras acciones[2] hacia «un medio entre dos vicios» que
es la meta de la virtud moral.
*
Atendiendo al fin práctico de su
obra, es decir al modo de llegar a ser virtuosos, Aristóteles comienza a
desarrollar la idea de «término medio». En principio establece que hay un medio
en relación a los objetos y un medio en relación a nosotros, el primero es
objetivo y absoluto porque es uno e idéntico en todos los casos mientras que el
segundo es subjetivo y relativo porque «no
es ni uno ni idéntico» para todos y porque exige el conocimiento específico de
cada cual (II, 6). Puede decirse entonces que el término medio en relación a nosotros
mismos tiene como condición necesaria, pero no suficiente, el precepto délfico «conócete
a ti mismo» de modo de poder determinar, para cada uno y en cada caso, una juta
medida. Pero además —y este es un punto que interesa a nuestra materia— el
conocimiento del término medio en relación a nosotros mismos está vinculado con
el conocimiento que ha de tener el maestro en relación a sus discípulos: debe
conocerse muy bien a sí mismo y a cada uno para darle lo que corresponde en su
justa proporción (II, 6). Si bien puede decirse que sin término medio no hay
virtud, el término medio entre un exceso y un defecto no es suficiente para ser
virtuoso: la virtud implica término medio pero no todo término medio implica
virtud (lo mismo del hábito: toda virtud implica hábito pero no todo hábito
implica virtud).
También es importante ocuparnos
brevemente de las relaciones que establece Aristóteles acerca de los tres tipos
de comportamiento (dos defectuosos —uno por exceso y otro defecto y uno
virtuoso —por justo medio). Los extremos se oponen entre sí y el justo medio se
opone a los extremos. El medio representa un exceso en relación al defecto y un
defecto en relación al exceso. Por ejemplo: para el tímido el valiente es audaz
y para el audaz el valiente es tímido (II,8). Así, en relación al término medio
los extremos pueden ser semejantes, es decir: la audacia puede confundirse con
la valentía, el derroche con la generosidad, la timidez con la moderación, la
falta de disciplina con la comprensión o el rigor con la disciplina, etc. Puede
suceder que el exceso y el defecto no estén a la misma distancia del término
medio y esto por dos causas: 1) uno de los extremos se parece más al término
medio (causa de la cosa) y 2) uno de los extremos está más cerca de nuestra
inclinación natural (a lo que somos más propensos) y esto extremo es más
contrario al justo medio (causa subjetiva).
La virtud moral consiste en un
término medio en relación a nosotros que debe cumplir con determinadas
condiciones (cf. supra). Alcanzar el
justo medio siempre es propio del sabio: «saber a quién hay que dar, cuánto,
cuándo, con qué fin y de qué manera no está a la mano de todo el mundo y es
algo difícil» (II, 9). Para acercarse al justo medio hay que comenzar por alejarse
del extremo que está más lejos del medio y debemos examinar nuestras inclinaciones
para evitarlo y optando por el mal menor. El criterio que establece Aristóteles
para el conocimiento de nuestras inclinaciones es analizar lo que nos produce
mayor placer o mayor dolor (pasiones) e intentar apartarnos de aquello a lo que,
por placer, nos sentimos inclinados.
*
Tomando los siguientes extractos de la Ética nicomaquea como guía —lo que no significa que no convenga
realizar una abstracción personal de la lectura directa del libro I en especial — articular el razonamiento de Aristóteles que lleva a identificar
el sumo bien con la felicidad:
Todas las
cosas tienden hacia un bien y el bien al que tienden las cosas es el fin al que
las cosas tienden.
Hay fines que
son medios para otros fines y fines que son fines en sí (i.e. no son medios).
Nuestras
acciones se orientan a fines que son medios y a fines que son fines en sí.
Hay acciones
humanas que son fines en sí dentro de una determinada disciplina y debe haber
un fin de la actividad humana en cuanto tal y este fin es la felicidad (aunque
no exista unanimidad acerca de su naturaleza (I, 2))
El bien se
expresa en su sustancia o esencia (inteligencia o Dios); en su cualidad (virtud), en su relación (lo útil), en su cantidad (la medida), en el tiempo (la ocasión) y en el espacio (costumbre). Por tanto el bien
no puede ser único porque de ser así no podría estar en más de una categoría.
Pero es
posible distinguir al menos dos tipos de bienes: los bienes en sí y los bienes
que son medios.
Para todas las
acciones existe un fin y este fin ha de ser el bien realizado pero no todos los
fines son fines perfectos.
Lo que se
busca por sí mismo es más perfecto que lo que es medio para otro fin.
El bien más
deseable es aquel que es medio y fin.
El bien más
perfecto es el bien que se quiere por sí mismo y es lo que hace que la vida sea
deseable y completa.
El fin
perfecto coincide con el supremo bien (este sería el que nosotros buscamos, es
decir: la felicidad).
La felicidad
es un bien que buscamos en sí mismo y es el fin de nuestra actividad.
La
característica específica del ser humano es la actividad racional, pero en el
ser humano hay dos partes: una parte que obedece a la razón y otra parte que la
posee.
La felicidad
es un bien propio del ser humano porque es el único ser racional capaz de
dirigir la parte irracional del alma mediante la virtud.
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