martes, 30 de abril de 2013

Clase 29/04/2013

Corrección: Tarea Aristóteles y tarea.

Si bien Aristóteles afirma que su Ética nicomaquea, por no tener un fin teórico sino práctico, no tiene por objetivo determinar la naturaleza de la virtud sino «el medio que debemos emplear para ser virtuosos» (II, 2) un poco más adelante hace explícito que considerará cuál es su naturaleza (II, 5). Quizá se pueda salvar esta contradicción diciendo que Aristóteles postula, pero no prueba, que en el alma hay solo pasiones, capacidades y disposiciones para afirmar luego que la virtud es una disposición capaz de hacer del hombre un ser bueno, honesto y feliz. Mientras que las pasiones son todo lo que «va acompañado de placer o dolor» (II, 5) y las capacidades son aquello que nos hace propensos a experimentar pasiones en virtud de las cuales sentimos placer o dolor, las disposiciones son las que nos «sitúan en una posición feliz o desgraciada», en relación a la parte irracional del alma, y de esta naturaleza es la virtud (II,5). Esta disposición, que es la virtud, no es innata sino que se adquiere mediante la práctica en la cual es indispensable una elección consciente y voluntaria[1] que tiene como meta la consecución de un equilibrio entre un exceso y un defecto en las pasiones y en las acciones humanas — «que son las que connotan exceso, defecto o justo medio»— para alcanzar la felicidad, la cual es una posibilidad exclusiva del ser racional.
Tenemos entonces que la virtud es una disposición del alma adquirida, que opera sobre nuestras pasiones e implica el conocimiento de nuestras capacidades, orientando de forma racional, voluntaria y consciente nuestras acciones[2] hacia «un medio entre dos vicios» que es la meta de la virtud moral.

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Atendiendo al fin práctico de su obra, es decir al modo de llegar a ser virtuosos, Aristóteles comienza a desarrollar la idea de «término medio». En principio establece que hay un medio en relación a los objetos y un medio en relación a nosotros, el primero es objetivo y absoluto porque es uno e idéntico en todos los casos mientras que el segundo  es subjetivo y relativo porque «no es ni uno ni idéntico» para todos y porque exige el conocimiento específico de cada cual (II, 6). Puede decirse entonces que el término medio en relación a nosotros mismos tiene como condición necesaria, pero no suficiente, el precepto délfico «conócete a ti mismo» de modo de poder determinar, para cada uno y en cada caso, una juta medida. Pero además —y este es un punto que interesa a nuestra materia— el conocimiento del término medio en relación a nosotros mismos está vinculado con el conocimiento que ha de tener el maestro en relación a sus discípulos: debe conocerse muy bien a sí mismo y a cada uno para darle lo que corresponde en su justa proporción (II, 6). Si bien puede decirse que sin término medio no hay virtud, el término medio entre un exceso y un defecto no es suficiente para ser virtuoso: la virtud implica término medio pero no todo término medio implica virtud (lo mismo del hábito: toda virtud implica hábito pero no todo hábito implica virtud).
También es importante ocuparnos brevemente de las relaciones que establece Aristóteles acerca de los tres tipos de comportamiento (dos defectuosos —uno por exceso y otro defecto y uno virtuoso —por justo medio). Los extremos se oponen entre sí y el justo medio se opone a los extremos. El medio representa un exceso en relación al defecto y un defecto en relación al exceso. Por ejemplo: para el tímido el valiente es audaz y para el audaz el valiente es tímido (II,8). Así, en relación al término medio los extremos pueden ser semejantes, es decir: la audacia puede confundirse con la valentía, el derroche con la generosidad, la timidez con la moderación, la falta de disciplina con la comprensión o el rigor con la disciplina, etc. Puede suceder que el exceso y el defecto no estén a la misma distancia del término medio y esto por dos causas: 1) uno de los extremos se parece más al término medio (causa de la cosa) y 2) uno de los extremos está más cerca de nuestra inclinación natural (a lo que somos más propensos) y esto extremo es más contrario al justo medio (causa subjetiva).
La virtud moral consiste en un término medio en relación a nosotros que debe cumplir con determinadas condiciones (cf. supra). Alcanzar el justo medio siempre es propio del sabio: «saber a quién hay que dar, cuánto, cuándo, con qué fin y de qué manera no está a la mano de todo el mundo y es algo difícil» (II, 9). Para acercarse al justo medio hay que comenzar por alejarse del extremo que está más lejos del medio y debemos examinar nuestras inclinaciones para evitarlo y optando por el mal menor. El criterio que establece Aristóteles para el conocimiento de nuestras inclinaciones es analizar lo que nos produce mayor placer o mayor dolor (pasiones) e intentar apartarnos de aquello a lo que, por placer, nos sentimos inclinados.

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Tomando los siguientes extractos de la Ética nicomaquea como guía —lo que no significa que no convenga realizar una abstracción personal de la lectura directa del libro I en especial — articular el razonamiento de Aristóteles que lleva a identificar el sumo bien con la felicidad:

Todas las cosas tienden hacia un bien y el bien al que tienden las cosas es el fin al que las cosas tienden.

Hay fines que son medios para otros fines y fines que son fines en sí (i.e. no son medios).

Nuestras acciones se orientan a fines que son medios y a fines que son fines en sí.

Hay acciones humanas que son fines en sí dentro de una determinada disciplina y debe haber un fin de la actividad humana en cuanto tal y este fin es la felicidad (aunque no exista unanimidad acerca de su naturaleza (I, 2))

El bien se expresa en su sustancia o esencia (inteligencia o Dios); en su cualidad (virtud), en su relación (lo útil), en su cantidad (la medida), en el tiempo (la ocasión) y en el espacio (costumbre). Por tanto el bien no puede ser único porque de ser así no podría estar en más de una categoría.

Pero es posible distinguir al menos dos tipos de bienes: los bienes en sí y los bienes que son medios.

Para todas las acciones existe un fin y este fin ha de ser el bien realizado pero no todos los fines son fines perfectos.

Lo que se busca por sí mismo es más perfecto que lo que es medio para otro fin.

El bien más deseable es aquel que es medio y fin.

El bien más perfecto es el bien que se quiere por sí mismo y es lo que hace que la vida sea deseable y completa.

El fin perfecto coincide con el supremo bien (este sería el que nosotros buscamos, es decir: la felicidad).
La felicidad es un bien que buscamos en sí mismo y es el fin de nuestra actividad.

La característica específica del ser humano es la actividad racional, pero en el ser humano hay dos partes: una parte que obedece a la razón y otra parte que la posee.

La felicidad es un bien propio del ser humano porque es el único ser racional capaz de dirigir la parte irracional del alma mediante la virtud.




[1] Porque «nadie es bueno si no experimenta la alegría de las buenas acciones» (I, 8).
[2] Ya hemos explicado en clase la razón por la cual se separan las acciones de las pasiones y se coloca a las primeras aquí.

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